In memoriam Aaron Swartz

Las lecciones de historia, desde el infernal colegio hasta la Universidad, dejaban una moraleja pacata y con mal sabor: nos gusta fundar nuestros ideales en la vida y la muerte de personajes, de hitos. Es, no hay que equivocarse, una cuestión ideológica: la ideología del héroe, del llanero con espada que se cargó a los malos. Los ecuatorianos tenemos a Sucre, a Bolívar, a Alfaro. Dejando de lado la necrofagia del gobierno actual con Eloy Alfaro, hago esta reflexión para referirme a otro tipo de hitos, a otro tipo de héroes.

Aaron Swartz fue un brillante programador y activista, no mucho mayor que yo. Nació en 1986 en Chicago, Illinois y se mató a principios de enero de 2013. A los 14 años se unió al programa W3C, una iniciativa para construir la web semántica, y que derivaría en lo que hoy conocemos como la web social. Al año siguiente, en 2002 fue uno de los primeros programadores en unirse al proyecto Creative Commons, una contrapropuesta al rígido sistema, neo-liberal, por cierto, de copyrigth. En 2006 inició su carrera en ciencias de la computación en Stanford y continuó con el activismo por los derechos de los internautas. Fue uno de los más acérrimos opositores a la Ley SOPA (Stop Online Piracy Act).

En Stanford, una de las más importantes universidades de los Estados Unidos, tuvo momentos brillantes en cuanto a sus habilidades como programador. Sin embargo, le pesaba demasiado lo restringido del sistema educativo. Mucho del material académico de Stanford, como de muchas universidades del mundo, está estrechamente vinculado a repositorios digitales que prohiben o limitan el acceso a sus contenidos, a menos que se pague una licencia, por supuesto. Swartz, junto a colegas de otras universidades como el MIT o Harvard, hackeo uno de los servidores de la librería digital JSTOR con el fin de liberar toda la información y trabajos académicos al dominio público. Lo hicieron, pero inmediatamente fueron acusados y, para no alargar más la historia, Swartz no aguantó la presión y se colgó con una soga en un departamento en Nueva York el 11 de enero de 2013.

Esta lección de historia deja una moraleja, creo yo, más interesante que las del colegio. Los casos, que hay miles, como los de Aaron Swartz son un ejemplo del espacio democrático que estamos construyendo -digo “estamos” no con ese tono lastimero de los políticos, sino desde una computadora conectada a una red de miles de millones de usuarios, del enorme laboratorio para la democracia, del espacio en que la información es de libre acceso.  Con esto sí quiero recordar a Aaron Swartz, un tipo que ha contribuído enormemente en materia de derechos y logros, hitos, de nuestro tiempo. El enemigo, hablando como hablan los próceres, ya no es el extranjero belicoso, el conquistador. El enemigo es la costumbre, la ideología disfrazada de tradición o justicia. Alguna vez Orwell dijo que el verdadero periodismo es ese que habla sobre lo que nadie quiere que se hable. De ahí este recordatorio.

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